
– ¡En fin!… -dijo Augello, en tono dubitativo.
Montalbano decidió cambiar de tema.
– ¿Cómo está Beba?
– Pues no muy bien. Su embarazo está siendo difícil. Tiene que pasar más tiempo tumbada que de pie, pero el médico dice que no hay por qué preocuparse.
A fuerza de kilómetros y más kilómetros de solitarios paseos por el muelle, de permanecer largo rato sentado en la roca habitual, pensando en los acontecimientos genoveses hasta echar humo por la cabeza, a fuerza de comerse hasta una tonelada de cucuruchos de semillas de calabaza saladas y de garbanzos tostados, a fuerza de conversaciones telefónicas nocturnas con Livia, la herida que el comisario tenía abierta estaba empezando a cicatrizar…, cuando recibieron la noticia de otra «oportuna» intervención de la policía, esta vez en Nápoles. Varios agentes habían sido detenidos por haberse llevado a unos presuntos manifestantes violentos del hospital en el que estaban ingresados. Una vez en la comisaría, la habían emprendido con ellos a patadas y guantazos en medio de un diluvio de palabrotas, ofensas e insultos. Pero lo que más había desconcertado a Montalbano había sido la reacción de algunos policías ante la noticia de la detención de sus compañeros: unos se encadenaron a la verja de la Jefatura Superior en gesto de solidaridad, otros organizaron manifestaciones en la calle, los sindicatos de la policía se pronunciaron de manera vehemente sobre el caso, y un oficial que en Génova la había emprendido a patadas con un manifestante que estaba caído en el suelo había sido aclamado en Nápoles como un héroe. Los mismos políticos que se encontraban en Génova durante el G8 habían encabezado aquella curiosa -aunque no tan curiosa para Montalbano- rebelión de una parte de las fuerzas del orden contra los magistrados que habían ordenado su detención. Y Montalbano ya no pudo más. Este nuevo amargo bocado ya no se lo pudo tragar.
