
El padre de Mozart aún no había nacido; Johann Sebastian Bach tenía treinta años. Hacía setenta y tres que Galileo había muerto. Isaac Newton ya era viejo; Jean Jacques Rousseau, todavía un niño.
La ópera italiana había conquistado el mundo. Ese año se estrenarían Il Tigrane, de Alessandro Sacarlatti, en Nápoles y Narone fatta Cesare, de Vivaldi, en Venecia. Georg Friedrich Händel era el compositor de más éxito en Londres.
En la soleada península itálica, la dominación extranjera había avanzado de manera considerable. El archiduque de Austria gobernaba la ciudad de Milán en el norte y el reino de Nápoles en el sur.
Guido, sin embargo, no sabía nada del mundo. Ni siquiera hablaba la lengua de su país.
La ciudad de Nápoles era lo más fascinante que jamás hubiera conocido, y el conservatorio al que le llevaron se erigía con la magnificencia de un palazzo, dominando la ciudad y el mar.
El traje negro con cinturón rojo que le hicieron vestir era la prenda más hermosa que sus manos habían tocado y apenas podía creer que iba a quedarse allí, a cantar e interpretar música para siempre. Seguro que aquél no era su destino. Un día lo mandarían de regreso a casa.
No obstante, eso nunca ocurrió.
En las tardes bochornosas de los días festivos, caminando en lenta procesión con los otros niños castrati por las abarrotadas calles, con el traje inmaculado y sus rizos oscuros y brillantes, se sentía orgulloso de ser uno de ellos. Sus himnos flotaban en el aire como el aroma de los lirios y las velas. Cuando entraban en la soberbia iglesia y sus finas voces se alzaban de repente en medio de un esplendor que nunca había visto antes, Guido experimentaba como jamás lo había hecho la auténtica felicidad.
