Durante años su vida transcurrió apaciblemente. La disciplina del conservatorio no suponía ningún sacrificio para él. Tenía una voz de soprano que podía quebrar el cristal, garabateaba melodías cada vez que le daban un lápiz y aprendió a componer antes que a leer y a escribir. Sus maestros lo adoraban.

A medida que transcurría el tiempo, sin embargo, su entendimiento se agudizaba.

Guido ya había advertido que no todos los músicos que le rodeaban habían sido castrados cuando niños. Algunos crecerían y se harían hombres, se casarían, tendrían hijos. Sin embargo, por muy bien que tocasen los violinistas, por mucho que escribieran los compositores, ninguno alcanzaría la fama, las riquezas y la gloria absoluta de un gran cantante castrato.

El mundo entero pedía músicos italianos para los coros de las iglesias, las orquestas de las cortes y los teatros de ópera.

Sin embargo, era el soprano a quien el mundo adoraba. Era por él por quien los reyes rivalizaban y los diferentes públicos contenían el aliento; era el cantante el que daba vida a la verdadera esencia de la ópera.

Nicolino, Cortono, Ferri: sus nombres eran recordados mucho después de que los compositores que escribieran para ellos cayesen en el olvido. Y en el pequeño mundo del conservatorio, Guido formaba parte de un grupo selecto y privilegiado al que se alimentaba y vestía con más esmero, que ocupaba habitaciones más acogedoras y cuyo singular talento era fomentado.

Pero cuando cada año los castrati de más edad se marchaban y nuevos castrati pasaban a engrosar las filas, Guido veía que cientos de ellos eran sometidos a la acción del cuchillo para obtener tan sólo un puñado de voces hermosas. Procedían de todas partes: Giancarlo, primer cantante de un coro de Toscana, castrado a los doce años gracias a la intercesión de un maestro de canto rural que lo llevó a Nápoles; Alonso, procedente de una familia de músicos, cuyo tío era a su vez un castrato que costeó la operación; o el orgulloso Alfredo, que había vivido tanto tiempo en casa de su mecenas que no recordaba ni a sus padres ni al cirujano.



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