
Sí, claro, estaba la bomba atómica, pero Schwartz creía en la bondad básica de la naturaleza humana. No creía que fuese a haber otra guerra. Creía que la Tierra no volvería a ver el infierno solar de un átomo detonado por la ira, de modo que sonreía con tolerancia a los niños con los que se cruzaba deseándoles en silencio un paso veloz y no demasiado difícil a través de la juventud hasta la paz de lo mejor que todavía estaba por llegar.
Levantó el pie para pasar por encima de una muñeca de trapo que sonreía abandonada en la cuneta, y cuya desaparición todavía no había sido notada. Aún no había terminado de bajar el pie…
En otra zona de Chicago se alzaba el Instituto de Investigaciones Nucleares, un lugar en el que los hombres quizá también tenían sus teorías sobre el valor esencial de la naturaleza humana, pero donde se avergonzaban un poco de ellas porque aún no se había inventado ningún instrumento capaz de medirlo cuantitativamente. Cuando pensaban en esas cosas, muchas veces era para desear que alguna intervención divina impidiese que la naturaleza humana y el maldito ingenio humano acabaran convirtiendo todo descubrimiento inocente e interesante en un arma mortífera.
Sin embargo, y si llegaba a ser necesario, el mismo hombre que no podía lograr que su conciencia controlara la curiosidad que le inspiraban esas investigaciones nucleares, que algún día quizá pudieran aniquilar a la mitad de la población de la Tierra, era capaz de arriesgar su vida para salvar la de un semejante sin importancia.
Lo que primero atrajo la atención del doctor Smith fue el resplandor azul que brillaba detrás del químico.
Lo observó al pasar frente a la puerta entreabierta. El químico era un joven siempre alegre y animado, y estaba silbando mientras enderezaba una cubeta volumétrica en cuyo interior ya se había alcanzado el volumen deseado de solución. Un polvo blanco caía lentamente sobre el líquido y se iba disolviendo a su debido tiempo. Por un momento eso fue todo, pero un segundo después el instinto del doctor Smith —que, para empezar, era el causante de que se hubiera detenido delante de la puerta— hizo que se pusiera en acción.
