
Entró corriendo en la habitación, cogió una varilla graduada y barrió la superficie de la mesa con ella lanzando al suelo todo lo que contenía. Se oyó un siniestro chasquido de metal fundido. El doctor Smith sintió que una gotita de transpiración se deslizaba hacia la punta de su nariz.
El joven contempló con expresión desconcertada el suelo de hormigón sobre el que el metal plateado ya se había endurecido formando manchitas que todavía irradiaban un calor muy intenso.
—¿Qué ha pasado? —preguntó con un hilo de voz.
El doctor Smith se encogió de hombros. Él tampoco lo sabía con certeza.
—No lo sé. Explíquemelo usted… ¿Qué proceso se estaba elaborando aquí?
—¡Ninguno! —exclamó el joven químico—. No era más que una muestra de uranio en bruto. Estaba haciendo una determinación electrolítica de cobre, y no entiendo qué puede haber ocurrido.
—Bien, joven, fuera lo que fuese por lo menos puedo informarle de lo que vi. Ese crisol de platino tenía una corona, ¿entiende? Se estaba emitiendo una radiación muy poderosa. ¿Ha dicho que se trataba de uranio?
—Sí, pero era uranio en bruto y no es peligroso. Quiero decir que… Bueno, la pureza total es una de las condiciones más importantes requeridas para la fisión, ¿verdad? —Se humedeció rápidamente los labios con la lengua—. ¿Cree que se trataba de una fisión? No es plutonio, y no estaba siendo bombardeado.
—Y además estaba por debajo de la masa crítica —añadió el doctor Smith con voz pensativa— o, por lo menos, estaba por debajo de las masas críticas que creemos conocer.
