Su ex esposa, Rozalina, siempre se había negado a acompañarlo; siempre decía que los viajes de Sergei a Tsokhrai venían a ser una especie de peregrinación por sentimiento de culpa.

Sin embargo, su visita anual era recompensa más que suficiente para la anciana, que ni siquiera le había permitido que le comprara una casa nueva.

De todas las mujeres que había conocido a lo largo de su vida, Yelena era la única que no estaba ansiosa por vaciarle los bolsillos. Sergei era tan consciente de ello, que había llegado a la conclusión de que la avaricia extrema y el deseo obsesivo de aparentar eran defectos esencialmente femeninos.

Caminó hacia la entrada de la casucha; los vecinos que se habían congregado junto a la puerta, se apartaron de su camino y se hizo un silencio reverencial. Yelena era una mujer regordeta, de setenta y tantos años, ojos brillantes y carácter serio que no se andaba nunca con tonterías. Lo saludó sin más aspavientos sentimentales que su voz ronca y el uso del diminutivo de Sergei, Seryozh, para demostrarle cuánto quería a su único nieto.

Lo invitó a entrar y lo llevó a la mesa del salón, llena de comida para satisfacer el apetito de los que habían ayunado durante las fiestas.

– Siempre vienes solo -protestó la mujer-. Anda, siéntate y come algo.

Sergei frunció el ceño.

– Pero yo no he ayunado…

Su abuela le sirvió un plato enorme.

– ¿Y crees que no lo sé?

El cura ortodoxo que estaba sentado a la mesa, un hombre barbudo, dedicó una sonrisa amistosa al recién llegado. A fin de cuentas, Sergei también había financiado la reconstrucción de la torre de la iglesia local.

– Come, come -le instó.

Sergei se había saltado el desayuno porque sabía lo que le estaría esperando, de modo que comió con apetito y probó el pan especial y la tarta que siempre preparaban en Pascuas. Mientras comía, tuvo que escuchar pacientemente a las visitas de su abuela, que se acercaron para pedir consejo, dinero y apoyo al mayor filántropo de la comunidad,



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