Yelena permaneció al margen, intentando contener su sentimiento de orgullo. Era consciente del interés que Sergei despertaba entre las jovencitas que estaban en el salón, pero le parecía natural: además de ser un hombre enormemente atractivo y carismático, medía un metro ochenta y nueve de altura y tenía el cuerpo de un atleta. Sin embargo, su nieto estaba acostumbrado a gozar del favor de las mujeres y se mostró aparentemente indiferente al respecto.

Sin embargo, había tantas mujeres jóvenes y hermosas que a él le irritó un poco: incluso se preguntó si Yelena no habría tenido algo que ver. Pero toda su atención estuvo en ella. Cada año estaba más vieja y parecía más cansada.

Sergei sabía que Yelena se llevaba una decepción cada vez que aparecía solo en su casa; le habría gustado que se presentara con compañía femenina, pero las mujeres que satisfacían su libido no eran precisamente adecuadas para eso. Yelena quería verlo casado y con familia. Muchas personas se habrían llevado una sorpresa de haber sabido que él, un hombre de negocios frío y con pocos escrúpulos, un hombre famoso por su arrogancia, se sentía en deuda con su abuela porque no le había dado lo que ella quería.

– Veo que Yelena te preocupa -dijo el sacerdote en ese instante-. Tráele una esposa y un bisnieto y será feliz.

Sergei apartó la mirada del generoso escote de la jovencita que se inclinó para servirle un café y dijo:

– Como si eso fuera tan fácil.

El cura, un hombre felizmente casado, con seis niños saludables y bastante sentido del humor, replicó:

– Si encuentras a la mujer adecuada, será muy fácil.

Sin embargo, Sergei había desarrollado una animadversión intensa por el matrimonio. Rozalina le había demostrado que casarse era un error que salía muy caro; y aunque se habían divorciado diez años antes, todavía no había podido olvidar que su ex esposa se había negado a tener hijos porque no quería estropear su precioso cuerpo.



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