
Clare intentó tranquilizarse. Recordó que debía ser prudente y no decirle nada. Aquel primer encuentro tenía que salir bien, no solo por el interés de Alice, sino por el suyo propio también. Nerviosa, por la importancia del encuentro, tomó a la niña en brazos y apretó su cuerpecito, tratando de tranquilizarse. Se había pasado toda la mañana esperando a Gray Henderson y en aquel momento habría deseado que no fuera él.
Pero sí lo era.
El hombre se detuvo al verla, y antes de subir los primeros escalones la observó un momento con los ojos entrecerrados. Después continuó subiendo con aquella tranquilidad que tanto la irritaba.
– ¿Clare Marshall? -preguntó, y se quitó el sombrero-. Soy Gray Henderson -afirmó, levantando las cejas ligeramente-. ¿Quería verme?
Tenía el pelo castaño, la piel curtida y unos ojos marrones que no delataban ningún tipo de sentimiento. Estremecida, Clare pensó que eran los mismos ojos de Alice. La había pillado desprevenida. Lo vio mirarla con detenimiento. Seguramente la consideraba fuera de lugar en aquel pueblo perdido, con sus pendientes de perlas, su falda amarilla de lino y sus elegantes sandalias italianas. Había elegido su ropa cuidadosamente para impresionarlo, pero si lo había conseguido, no daba muestras de ello en absoluto.
– Sí -sonrió, y enseguida tuvo la sensación de que su sonrisa parecía tan fuera de lugar como su apariencia; de que su voz sonaba cortada y con un acento demasiado inglés, comparado con la suave cadencia del acento australiano-. Gracias por venir -añadió, y al hacerlo tuvo que esforzarse en reprimirse para no preguntarle por qué había tardado tanto.
– Dijo que era importante -le recordó él.
