
– Entonces Alice no es hija suya -dijo Gray, muy despacio.
– No. Es mi sobrina -lo miró a los ojos-. Y la suya también.
– ¿Y su madre? -preguntó, tras un corto silencio.
– Mi hermana Pippa -se quedó un momento con la mirada perdida en el horizonte- murió hace seis semanas -lo dijo con un tono de voz ligero, como si no importara nada lo que acababa de decir, como si su mundo no se hubiera desplomado.
Se hizo un largo silencio entre ellos. Más allá de la sombra, el sol rebotaba sobre los tejados de metal y castigaba la carretera. Una camioneta, roja por el polvo que llevaba encima, pasó delante del hotel y aparcó frente al almacén. Era la única actividad que se observaba en el pueblo. A Clare, acostumbrada a las calles repletas de gente de la ciudad, aquella tranquilidad se le hacía rara. Podía oler la sequedad del aire, sentir la dureza del banco bajo sus muslos, oír su pulso, golpeándole las sienes y, de repente, fue muy consciente de la proximidad de aquel hombre sentado a su lado, sin decir palabra.
– Creo que será mejor que me lo cuente todo -dijo, finalmente.
Clare respiró profundamente. Aquel hombre hablaba siempre con un tono de voz curiosamente tranquilo. La iba a escuchar. No podía pedir nada más por el momento.
Rebuscó en su bolso hasta encontrar la fotografía que Pippa había mantenido junto a la cabecera de su cama hasta el final de sus días. Estaba arrugada y un poco sobada de tanto manipularla y Clare la alisó sobre sus rodillas antes de entregársela a Gray.
– Esta es Pippa, mi hermana. Y quien está con ella es Jack. ¿No es así?
– Sí, es Jack -admitió. Estudió la foto. Jack tenía agarrada por el hombro a una atractiva joven, radiante de felicidad y se miraban el uno al otro como si el mundo hubiera cesado de existir a su alrededor-. Nunca me mencionó a su hermana -le dijo, bruscamente-, y no suele tener secretos para mí -devolvió la fotografía a Clare-. ¿Cómo se conocieron?
