
Hubo varios. Aquel que le murió el caballo a la puerta del mesón de la Luna. Era muy mozo. En el tormento dijo llamarse Andrés y estar huido de su madrastra, que lo requería de amores en los plenilunios. En una vuelta en el tormento, de las que llaman de pespunte, que es la segunda de la cuestión del torcedor, se le llenaron los ojos de sangre, dio un grito y expiró. Una semana después apareció la madrastra preguntando por él. Era rubia, muy hermosa, con un gran escote. La encontraron unas lecheras que venían de alba a la ciudad, ahorcada en el olivar del Obispo. Salió un romance con el caso. Dos años después, aquel otro, el de la mancha en el hombro izquierdo en forma de león. Lo denunció una de las pupilas de la Malena, una tal Teodora, muy bonita morena, que después se salió sostenida y paró en las Arrepentidas y más tarde puso una frutería. Éste aguantó en el potro y en el chorro. Decía que era celta, y que andaba por voto vagabundo. Nunca había oído hablar de Orestes. Pero, ¿cómo dejarlo libre? ¿No sabía ahora quién era Orestes? Sí, lo sabía todo de Orestes, y a lo mejor, suelto y por vengarse, se hacía Orestes, el pensamiento y la espada de Orestes, la sed de Orestes, consideró Egisto. Por seis monedas un soldado le puso la zancadilla y lo hizo caer por las escaleras de la torre.
– ¡Qué casualidad! -dijo el capellán, que le había tomado afición.
Se abrió la cabeza contra una cureña, y quedó parte de su sesada mismo encima del escudo real que decoraba el cañón. Hubo otro, vendedor de alfombras, que quedó por loco en perpetua con grillos, y otro que quiso escapar y acabaron con él los alanos del rey cuando ya estaba en el postigo del patio. Y al cabo de los años, este aviso. «Serpiente anillando un ciervo en la ciudad.» ¿Todavía Orestes? Pero, ¿lo habría habido alguna vez aquel Orestes?
Eusebio abrió el cajón de su mesa, para lo cual necesitó tres llaves diferentes, y sacó de él una libreta con tapas de hule amarillo.