– Pliego lacrado, en los sellos una serpiente que se anilla en un ciervo. Salto los sellos, despliego y leo.

– ¡Todavía no! -exclamó el rey levantándose del diván en el que, recostado, atendía a la lectura-. ¡Espera!

El rey era de mediana estatura, y pasaba el tiempo alisando el espeso bigote rubio con los dedos pulgar y anular de la mano derecha. Era muy inquieto de mirada, tanto que los que estaban largo rato con él llegaban a creer que sus ojos, de un celeste frío, salían de su rostro y se movían por la cámara regia escrutadores. Tenía la boca grande, las orejas en abanico, el cuello ancho y las manos gruesas y cortas. El conjunto era de la solidez del roble.

– ¡Espera!

En la frente del rey habían aparecido unas gotas de sudor. Egisto recobró la espada de ancha hoja que había dejado en un cojín, se acercó a la puerta, apoyó la espalda en ella, y con voz ronca que quería aparentar tranquila, ordenó:

– ¡Lee!

Y Eusebio leyó:

– «El hombre que hace un año compró una espuela en la feria de Nápoles, se parecía a Orestes.»

El rey levantó la espada, la hizo girar en el aire, y volvió a sentarse en el diván. Tenía la espada en las rodillas y repasaba el doble filo con el meñique.

– Tienes que aprender todo lo que se sepa acerca de espuelas, y especialmente de las espuelas de Nápoles. Yo tuve una, de las que llaman de cresta de gallo.

Eusebio aprendió todo lo que se sabía de espuelas, leyó tratados, recibió estampas con toda la variedad de ruedas. Lo sabía todo de espuelas. Cuando un forastero entraba a registrarse, Eusebio miraba si gastaba espuela.

– ¡Andaluza! -afirmaba, sonriendo.

Y no fallaba. Y ahora, al cabo de tantos años, cuando ya todos habían olvidado el nombre nefasto, este aviso. Sería un falso Orestes, como los otros.



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