
– Eusebio -le dijo el capitán-, me temo que mientras vivas siempre tendrás entre manos el asunto Orestes. Y ellos, los reyes, no podrán morir si no viene Orestes. El pueblo estará ese día como en el teatro. Quizá solamente falte el miedo. Habría que hacer algo de propaganda secreta, para que viniese a batir las puertas, como un viento loco. ¡Yo apuesto por Orestes!
Y tras asegurarse de que estaban solos en el campo, levantando la voz y llevando la diestra mano a la visera del casco emplumado, añadió solemne:
– ¡Siempre hay que estar en el partido de los héroes mozos que surgen de las tinieblas con el relámpago de la venganza en la mirada!
– ¡Coño, eso parece de la tragedia! -había comentado Eusebio. Pero él cobraba por descubrir a Orestes, y debía registrar al forastero que le señalaban en el aviso.
II
Yo nací -dijo el mendigo Tadeo- de un padre loco, al que le daba por salir a la calle a enseñar gimnasia helénica a los perros, y se hacía entender de ellos por voces extrañas y ladridos imitados, tal que los perros le seguían y los más terminaban dando las vueltas que él mandaba, y poniéndose en dos patas. Finalmente dijo que iba a lograr un perro volador, y eligió el foxterrier de la viuda de un solador de zuecos, a la cual prometía -estando los tres, padre, perro y viuda envueltos en una misma manta, que la viuda era muy friolera en sus septiembres- sacos de dinero si el perro volaba desde las más altas torres a su regazo, haciendo ochos en el aire.
