El foxterrier, que se llamaba Pepe, no pasó de la primera prueba, que era volar desde el campanario menor de la basílica a la plaza. Saltó y cayó como bola de plomo, destripándose. La viuda lloraba, pero los entendidos alabaron la voz de mando de mi padre, que obligó al foxterrier al salto. Mi padre era de la ciudad, pero mi madre vino de afuera, en un velero del lino. Te digo que era muy hermosa, con su pelo rubio y sus ojos azules, siempre sentada en el patio, los pies descalzos al sol, posados en flor de genciana. Nunca se supo el porqué de haberse quedado en tierra cuando zarpó el velero, pero la tomaba las más de las noches una pesadilla que la despertaba, y entonces corría hacia la ventana, gritando que se tiraba al mar y que no quería volver. Mi padre la acariciaba, le ponía paños calientes en la nuca, y le hacía beber una copa de anisete. Se llamaba Laura, y aseguraba no recordar nada de su familia, salvo de una tía que calcetaba medias dobles de invierno para el rey de su ciudad, uno de los que fueron a Troya, y allí lo favoreció la lepra, tal que tuvo que salirse de la batalla y perderse por los bosques tocando la campanilla. En su isla lo tienen por santo y andan buscando sus restos por todas las selvas, que corrió la novedad de que volaban hacia él cuando dormía las palomas torcaces y le lamían el rostro, de modo que cuando murió, su cuerpo era una podredumbre, pero la cara la tenía de mozo, y la barba dorada. Lo que es doble milagro, si te fijas bien, ya que sabes que los palumbus no pueden echar la lengua fuera de la caja del pico.

Tadeo era solamente ojos, labios carnosos, y aquella enorme lengua roja que sacaba a pasear por los labios. El resto de su cabeza y rostro era una maraña de pelo canoso, que le cubría las orejas y las mejillas hasta la nariz. Mientras hablaba, sus pequeños ojos, claros y vivaces, lo vigilaban todo, el fuego que ardía en el hogar, las gentes que entraban y salían, la moneda de cobre que al suelo caía al dar una vuelta el tabernero, de qué barrica echaba, o si el gato se acercaba al plato de mollejas salteadas. Tenía la voz muy varia de tonos, y musical, lo que le vendría de las tertulias suyas con los mirlos a los que enseñaba marchas y tonadas.



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