Se echó vino y bebió, y se sonó ruidoso con un grande pañuelo a rayas de colores, que más parecía falda de escocés. El hombre del jubón azul lo escuchaba atento, jugando con la sortija de la piedra violeta, y de vez en cuando dejando su mirar encantarse por el vivo fuego de sarmientos que ardía bajo la ancha y ennegrecida campana del hogar. Un narrador de oficio escucharía al fuego contarse historias a sí mismo.

– Once días durmiendo de fortuna, tomando atajos, el estómago vacío, acabada la bolla que me dieron de despedida en la tahona, y reventadas las zapatillas, tardé en llegar al mar. Las olas rompían en las rocas, y al acercarme al faro por un estrecho sendero entre ellas, el agua salada me mojó el rostro. El mar, como ya me suponía, no se parecía en nada al escribano de la instancia. Me quedé sentado en una peña, durante una larga hora, contemplando el juego de las olas en la caleta, y viendo un dos palos que viajaba hacia donde se pone el sol, y me puse a imaginar que en el velero regresaba mi madre a su país lejano, con los sus ojos azules de melancólico mirar, y los pequeños pies descalzos puestos al sol. ¡Ojalá tenga allí flor de genciana para posarlos!, me decía a mí mismo. La verdad es que, poco después de mi huida, mi madre desapareció, dejando abandonada la casa, que es ahora una ruina, y solamente queda cubierta la cocina, que es donde yo me cobijo.

Tadeo necesitó beber dos vasos seguidos para limpiarse de aquellas tristezas y prosiguió:

– Me dijeron los torreros del faro que a mano izquierda quedaba una aldea, donde contrataban forasteros para el corte de leña. Me alistó un hombre rico llamado Petronio, el cual me tomó algún afecto visto cómo cundía en el trabajo, y la amistad que hice con sus perros y con su perdigón manso, que supe curarle un lobanillo.



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