
– Con mi madre tan delicada y los pies al sol, y mi padre paseando en busca de perros para su catequesis, yo crecí libre, vagando por la plaza y las huertas, ladrón de uvas y de higos, velando nidos, viendo hacer la instrucción a los quintos, y al anochecer ayudando, por la merienda, a encender el horno en la tahona. Algún día que otro mi madre tenía humor para enseñarme las letras, y yo aprendía por libre algo de música con el bombo de la charanga real, que vivía cerca de nuestra casa, y el cual era como eco, que de todas las piezas y óperas no sabía más que las frases a las que tenía que estar atento, porque daban entrada a sus golpes. Ya tenía yo trece años, o catorce, cuando un día encontraron a mi padre muerto en un prado, con doce perros alrededor, que debían estar aguardando su voz de mando. Mi madre lo lloró muy bien, puso un paño de luto debajo de los pies, encima de la flor de genciana, y acordó pedir una pensión al rey por ser viuda de hombre célebre. Un escribano venía a casa a redactar la instancia, que no daba perfilada porque quería acompañarla de un tratado sobre la disposición de los caninos para el baile, y a mí me sopló la criada vieja de la tahona que a lo mejor le estaban naciendo cuernos al difunto. Me puse a espiar, y logré ver a mi madre en camisón, abrazando al escribano. Interrumpí el trance, y mi madre, llorando, me dijo que me equivocaba, que estando de siesta le había entrado la pesadilla, confundiendo al escribano, que entraba en aquel momento, con el mar, y de ahí que se arrojara en sus brazos. El escribano temblaba desde el tupé hasta el tintero, y yo decidí ir a ver cómo era el mar, abandonando con lágrimas en los ojos la ciudad natal, lo que no tenían necesidad de hacer los murciélagos de los soportales de la plaza, que nunca pasaban fuera del arco del Palomar.
