– ¡No son malas ésas! ¡Sicilianas dulces! Yo las cosecho muy decentes, de pico, que para ensalada de parida no hay otras.

– ¡El mayordomo de los santos no estará de parto! -rió la vieja.

– Yo no le llevo las cebollas al mayordomo, aunque él se coma su precio o se lo beba, que las ofrezco a los santos hermanos, que nacieron de un vientre, Cosme el primero, de cabeza, y con la mano derecha tirando de un pie de Damián, que venía detrás. Según las pinturas de la Basílica, traían un letrero con su nombre en la perrera, que por lo que allí se ve, ya nacieron cubiertos. La madre fue una señora muy fina, con pamela ceñida de trenzados de rosas. Cuando yo era niño, creciendo todo mi cuerpo naturalmente, y mi cabeza a compás, se me quedaban las orejas chiquitas, como cerezas, tanto que no oía las palabras largas, esas que los gramáticos que estudiaron mi caso llamaron trisílabas o polisílabas, que no daban entrada, lo que solamente podían hacer las palabras pequeñas o monosílabas, como sí, no, pan, can, o silbidos, y me llevaron unas tías mías, que eran pasteleras, ofrecido a los santos fraternos con unas orejas postizas de masa de bollo suizo, y a poco de la romería las mías tomaron su marcha con prisa, y aquí estoy ahora con ellas bien naturales.

Se quitó la gorra para que se las viesen a sabor.

– ¡Un poco alargadas! -comentó la más joven de las muchachas, una rubia risueña.

– ¡Ya había oído yo ese milagro! -acordó la vieja-. ¡No sabía que habías sido tú!

– El milagro anduvo en coplas -afirmó el labriego, arreando al asno con la boina.

Saliendo de la plaza por la puerta del Palomar se veía toda la huerta de la ciudad, tendida en el círculo que formaban ocres y estériles colinas. Se sabía por dónde iba el río por los altos chopos de las dos orillas. El palomar estaba cabe la puerta, redondo, tejado a cuatro aguas y con dos filas de agujeros de buche para las zuritas, debajo del alero. Calcaban el palomar por la Ascensión del Señor, y una vez hecho el encalo, y dada una mano de almagre a la puerta, el pintor renovaba la leyenda sobre el dintel: PALOMAR DE BRAVAS DEL REY. El camino que subía de la vega a la ciudad, al llegar al palomar se partía en dos, que volvían a unirse a la sombra de una higuera, ya junto al foso, en el umbral de la puerta.



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