Un hombre estaba sentado en el banco de piedra adosado al palomar. Se levantó apoyándose en el grueso bastón, como despertando sobresaltado de una dormitada, y dio unos pasos para mejor poder contemplar la curva de la muralla, que allí mismo iniciaba la bajada hacia los baluartes, encima del molino y de los abrevaderos, en un canal del río. Entre las oscuras piedras cuadradas florecía la valeriana, y aquí y allá la hiedra trepaba hasta las almenas. Las lluvias invernales habían trabajado en los cimientos de un cubo, que al fin se había derrumbado. Más abajo, ya en los baluartes, en cuerdas tiradas de almena a almena, colgaba ropa a secar. Por la brecha que hacía el cubo derruido se veía parte de los jardines del Estudio Mayor. Lentamente el hombre se dirigió hacia el foso, y antes de llegar al puentecillo de madera, con el pie derecho impulsó un guijarro a las aguas verdosas, en cuya superficie flotaban los albos botones de la rosamera. Se detuvo junto a las vendedoras de cebollas.

Era muy alto, y casi ponía los rizos de su frente en el farol de aceite que colgaba de la bóveda del arco. Sus grandes ojos negros lo miraban todo amistosa y demoradamente. Señaló con el bastón una de las cestas de cebollas. En el anular de la mano con que sostenía el bastón brilló la enorme piedra violeta de la sortija.

– ¡Doce reales nuevos, señoría! -dijo la vieja-. ¡Un príncipe con un paralís no le manda mejores cebollas a los santos Cosme y Damián!

El hombre del bastón y la sortija cumpliría treinta años. Cortaba la barba redonda, dulcificando un mentón agudo. Tenía el pelo de la cabeza castaño oscuro, pero el de la barba era negro. Pese al mirar amistoso, los delgados labios no parecían dados a la sonrisa. Llevó la mano izquierda al cuello y se acarició, pensativo. Las muchachas lo miraban. El jubón azul lo llevaba desabrochado, y le asomaba el entredós que bordeaba la fina camisa blanca.



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