Sabía lo importante que eran sus hijos para ella, pero era capaz, al mismo tiempo, de tener su trabajo al día. Se lo tomaba muy en serio, como todo lo que acometía. Era un placer trabajar con ella. Walt jamás tenía que disculparse por un artículo retrasado, una historia olvidada o porque su autora estuviera en rehabilitación o hubiera destrozado un guión. Era una escritora de pies a cabeza y, además, muy buena. Una auténtica profesional. Tenía talento, energía y empuje. Walt no era muy aficionado a los relatos cortos, pero le gustaba el trabajo de Tanya y, en su opinión, sus cuentos eran buenos ya que siempre tenían un giro interesante, una sorpresa. En su forma de escribir había algo verdaderamente original y diferente. Cuando el lector menos se lo esperaba, ella se sacaba de la manga un giro inesperado, otra vuelta de tuerca o un final sorprendente. También le gustaba su vis cómica; había llegado a llorar de risa con sus historias más divertidas.

– Tengo trabajo -dijo él en tono vago, casi críptico.

Tanya seguía pensando en su relato y todavía no se había centrado en la conversación.

– Bueno, no puede ser una telenovela, gracias a Dios todas han parado hasta el mes próximo. No había tenido una sola idea en todo el mes, hasta ayer. He estado demasiado ocupada con los chicos y preparando el viaje a Tahoe. Nos vamos la semana que viene y allí seré jefa de cocina, chófer, asistenta social y sirvienta.

De una manera u otra, cuando estaban en Tahoe, Tanya siempre acababa ocupándose de todo el trabajo doméstico, mientras el resto de la familia nadaba, practicaba el esquí náutico o, simplemente, se divertía. Finalmente había acabado aceptando que las cosas eran así. Los chicos llevaban a sus amigos y, por más que Tanya suplicaba, rogaba o incluso amenazaba, nadie la ayudaba. A esas alturas, ya se había acostumbrado. Cuanto más mayores se hacían, menos eran las tareas de las que se ocupaban.



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