– ¿Estás bien, mamá?

Era un chico alto y bien parecido que había entrado en la edad adulta sin estridencias. Tenía los hombros anchos, una voz profunda, ojos verdes y el mismo cabello oscuro que su padre. No solo era guapísimo sino que, aún más importante, era un buen chico. Nunca les había dado problemas. Era un buen estudiante, un atleta excelente y su intención era seguir los pasos de su padre y estudiar derecho.

– Tienes un aspecto un poco extraño ahí de pie mirando por la ventana. ¿Sucede algo? -insistió.

– No, solo estaba pensando en mis tareas de hoy. ¿Qué vas a hacer tú? -le preguntó con interés intentando apartar de su mente la oferta.

– Iremos a casa de Sally a limpiar la piscina. No es un trabajo muy agradable en verano, pero alguien tiene que hacerlo.

Lanzó una carcajada y su madre se puso de puntillas para darle un beso. Le iba a echar terriblemente de menos a partir de septiembre. Detestaba que se marchase. Había disfrutado con la infancia de sus hijos y la casa iba a parecerle vacía sin él, aunque lo peor de todo era que al siguiente año los tres se habrían ido. Se aferraba a los últimos momentos que iban a pasar todos juntos, por ello era imposible que ni tan siquiera considerara la oferta de Douglas Wayne. ¿Cómo podía perderse aquellos últimos días tan valiosos con sus hijos? No podía. Sabía que nunca se lo perdonaría.

Media hora más tarde, Jason y sus amigos se marcharon. Tanya se puso a dar vueltas por la cocina, confundida y despistada, sin fijarse en lo que hacía. Cuando estuvo sola, se sentó frente al ordenador y contestó algunos correos electrónicos. No lograba concentrarse. Una hora más tarde, cuando llegaron las mellizas, estaba con la mirada perdida en el teclado. Entraron en la cocina charlando animadamente y echaron un vistazo a su madre.

– Hola, mamá. ¿Qué estás haciendo? Parece como si te hubieras quedado dormida frente al ordenador. ¿Estás escribiendo?



20 из 336