
– Lo sé -dijo Tanya sonriendo-. Pero a veces me gusta pensar que todavía lo son. Seguramente se las arreglarían sin mí. Tal como están las cosas ahora, casi estoy obsoleta.
Los tres chicos se habían vuelto muy independientes últimamente. Pero Tanya sabía que aquel iba a ser un curso muy importante para las mellizas, y para ella también. Era su último año como madre a tiempo completo antes de que se marcharan a la universidad. Todavía era necesaria su presencia, o por lo menos eso creía, y estaba segura de que Peter estaría de acuerdo con ella. No podía imaginar que él aceptara que ella se marchase a Hollywood para trabajar allí durante todo un curso escolar. Realmente era una idea deslumbrante irse a Hollywood a escribir un guión, pero no era algo que entrara en los planes de su familia, y mucho menos, en los suyos personales.
– Relájate y disfrútalo. Es un gran logro para ti que un tipo como Douglas Wayne te quiera como guionista. La gran mayoría de escritores venderían a sus hijos al instante por algo así.
Pero Walt sabía que Tanya no era así, y precisamente era una de las cosas que apreciaba en ella. Era una buena mujer con valores familiares sólidos y vigorosos. Pero ahora confiaba en que los aparcase por unos meses.
– Esperaré tu llamada. Buena suerte con Peter.
– Gracias -contestó Tanya, apesadumbrada.
Pero para Tanya no se trataba tanto de lo que Peter esperaba de ella cuanto de lo que ella se exigía a sí misma. Un minuto después de colgar, estaba de pie en medio de la cocina como un pasmarote. Era mucho lo que tenía que digerir y mucho lo que la familia tendría que asumir.
Seguía de pie en medio de la cocina con la mirada perdida y dando vueltas a la conversación cuando entró Jason, que volvía de la ciudad acompañado de dos amigos.
