– No, cariño, no pasa nada. Solo estaba trabajando en un relato.

– Qué bien.

Tanya sabía que estaban orgullosos de ella y su respeto, al igual que el de Peter, significaba mucho para ella. No podía ni imaginar qué pensarían de la oferta de Douglas Wayne que le había hecho llegar Walt.

– ¿Queréis almorzar?

– No, nos vamos.

Iban a Milli Valley a comer con unos amigos.

Media hora más tarde, también ellas se habían marchado y Tanya estaba de nuevo en medio de la cocina, con la mirada perdida. Por primera vez, se sentía como si estuviera dividida entre dos mundos, dos vidas: la gente que amaba y el trabajo con el que siempre había disfrutado. Incluso deseaba que Walt no la hubiera llamado. Se sentía estúpida pero, al apagar el ordenador, se secó una lágrima. Después, se marchó a hacer recados. Regresaba a casa cuando Peter la llamó para decirle que llegaría tarde y que no le preparase la cena. Comería un bocadillo en la oficina.

– ¿Qué tal el día? -le preguntó en tono afectuoso pero con prisas-. El mío ha sido de locos.

– El mío también ha sido un poco ajetreado -dijo Tanya vagamente.

Le molestaba que no fuese a cenar. Quería hablar con él y sabía que estaría agotado después de preparar el juicio.

– ¿A qué hora crees que llegarás a casa?

– Intentaré llegar a las diez. Siento no ir a cenar. Quiero adelantar todo el trabajo posible con los demás.

– De acuerdo -respondió Tanya, comprensiva, ya que sabía lo duro que era preparar los juicios.

– ¿Estás bien? Te noto ausente.

– Solo estoy liada. Lo normal, nada especial.



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