
– ¿Los chicos bien?
– Todos fuera. Megan quiere traer a Ian a Tahoe. Le he dicho que lo hablaré contigo. No creo que sea una buena idea; empezarán a discutir el segundo día y nos volverán a todos locos.
Peter se rió. Era la descripción exacta de los viajes que habían hecho juntos con anterioridad. Se habían llevado a Ian a esquiar el invierno anterior, pero el muchacho se marchó dos días antes de lo previsto, después de cortar con Megan. Sin embargo, en cuanto regresaron, volvieron a salir juntos. En la familia, Megan tenía fama de llevar una vida amorosa turbulenta. Molly todavía no había tenido ninguna relación seria y Jason había estado saliendo con la misma chica durante los años de instituto pero habían cortado poco antes de las vacaciones de verano. Ninguno de los dos quería tener un noviazgo por correspondencia en su primer año en la universidad.
– A mí me da igual que venga Ian -comentó Peter-, pero no me importa si quieres que haga de poli malo.
Peter siempre se mostraba comprensivo y ambos hacían causa común frente a los hijos aunque estos, como todos los jóvenes, solían intentar dividirles y conquistarles con el fin de salirse con la suya. Pero casi siempre fracasaban. Peter y Tanya estaban muy unidos y generalmente compartían opiniones. Era raro que no estuvieran de acuerdo en todo lo concerniente a sus hijos o en cualquier otra cosa.
A Peter le entró otra llamada por lo que se despidió hasta la noche. Siempre era reconfortante hablar con él. Adoraba sus conversaciones, el tiempo que pasaban juntos, cómo se acurrucaban el uno junto al otro por la noche. No había nada en su relación que se hubiera convertido en banal o se diera por sentado. El suyo era uno de esos pocos matrimonios que no había sufrido serios desafíos. Y, después de veinte años, seguían enamorados. Tanya no podía ni imaginarse estar sin Peter. La idea de vivir en Los Ángeles durante nueve meses, sola cinco noches por semana, era inconcebible.
