Volver a casa… María Luisa ni siquiera está segura de que aún tengan casa. Han pasado casi dos años desde que se fueron, en octubre del 37, y a saber qué ha ocurrido entretanto. Lo más probable es que doña Petra, que tanto los odiaba por sus ideas, le haya alquilado el piso a otra familia. Suponiendo además que el edificio haya logrado sobrevivir a los bombardeos, y eso ya es mucho suponer. Ella finge estar convencida de que todo sigue igual, pero sólo lo hace por no desilusionar a la madre, que habla de la casa con la total seguridad de que todavía es suya. Cada día, durante todos los que han pasado fuera, en el barco, o en los trenes mientras cruzaban Francia y Cataluña, o en el caserón de Noguera donde se instalaron con aquel matrimonio tan antipático pero que, a Dios gracias, aceptó alquilarles buena parte de su enorme propiedad vacía, durante todo aquel tiempo, incluida la noche en que el padre se puso enfermo y se murió y la mañana del entierro, cada uno de aquellos días durante casi dos años, su madre ha hablado del piso como si siguieran conservándolo, como si simplemente se hubiesen ido de vacaciones y estuviera preocupada por la acumulación de polvo sobre los muebles o la posibilidad de que las polillas se comiesen las alfombras. Las mañanas de lluvia, mientras contemplaba los naranjales que se desentumecían bajo el agua, solía decir: Espero que la ventana de mi habitación haya quedado bien cerrada, esa ventana siempre ha dado mucha lata, tenemos que arreglarla en cuanto volvamos, Publio. El padre la miraba



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