
Los labios y el resto del cuerpo… ¿Cómo ha podido vivir dos años sin ese gusto y sin ese cuerpo? Dos años sin saber nada de él, salvo que no está muerto, y que todavía la quiere, eso sí que lo sabe, porque muchas veces lo siente tocándola, y mordiéndole y metiéndose dentro de ella, y si ella lo siente es porque él lo está pensando, y Feda no cree probable que los muertos piensen en esas cosas, la verdad… Ahora mismo irá a verlo. En cuanto lleguen. Irá corriendo a su casa, al enorme caserón sobre la colina donde tanto lloró la última vez que estuvo, y se abrazarán y se besarán aunque esté su madre, qué importa ya su madre después de dos años sin saber nada el uno del otro, lo besará, le morderá los labios, ya siente otra vez el sabor de la sal y."…
– ¡Feda! ¡Coge tu maleta! ¿O pretendes que te la bajemos nosotras, guapa?
A María Luisa le cuesta trabajo levantar la voz después de tanto tiempo sin hablar, casi desde que el tren arrancó de la estación de León. Le sale como un ronquido antes de poder pronunciar con su tono más desagradable el nombre de Feda, y al final acaba rugiendo, porque de pronto siente una furia inmensa, y tiene ganas de gritar y dar patadas y puñetazos y romperle la cara a aquella caprichosa, siempre jugando a la hermana pequeña y debilucha… Está harta de sus dolores de cabeza y sus lágrimas, de sus náuseas y sus desfallecimientos, y de tener que cuidarla como si fuera una enferma cuando en realidad es una niña malcriada, acostumbrada a que todo el mundo la mime y le resuelva los problemas, encantada de poder quedarse en la cama quejándose mientras los demás se ocupan de todo. ¡Ya está bien! Antes todavía podía pasar, cuando vivían el padre y Miguel, cuando Fernando estaba libre, antes, sí, mientras fueron una familia normal y el dinero entraba cada mes en casa, cuando la guerra aún no había empezado, antes, en otro tiempo y en otro mundo. Pero ahora todo ha cambiado. Son un puñado de mujeres pobres, lo poco que aún guardan de los ahorros de su padre ya no les sirve para nada, ese montón absurdo de billetes de la desdichada República invalidados por el hijo de puta de Franco. ¡Si hasta para volver a casa necesitaron la ayuda de don José, el párroco de Noguera, que se apiadó de ellas y les entregó a escondidas la colecta del cepillo de varios domingos!
