– ¿Algún problema? -repitió Radstock.

– Ya lo creo. Vaya a verlo usted mismo si tiene agallas.

– ¿Dónde?

– En la entrada del antiguo cementerio de Highgate.

– No me gusta que nadie ande husmeando por allí -protestó Radstock-. ¿Qué hacía usted allí?

– Una exploración de límite en compañía de amigos selectos -dijo el lord señalando con el pulgar a su compañero del cigarro-. Entre el miedo y la razón. Yo conozco el sitio como la palma de mi mano, pero él quería verlo. Ojo -añadió Clyde-Fox-, que aquí el camarada está curda perdido y es rápido como un elfo. Ya ha tumbado a dos en el pub. Profesor de danza cubana. Nervioso. De fuera.

Lord Clyde-Fox volvió a sacudir el zapato en el aire y se lo puso de nuevo, antes de quitarse el otro.

– Muy bien, Clyde-Fox. Pero ¿y sus zapatos? ¿Los quiere vaciar?

– No, Radstock. Los quiero controlar.

El hombre de Cuba soltó una frase en español que parecía decir que estaba harto y que se las piraba. El lord le hizo una seña indiferente.

– En su opinión -prosiguió Clyde-Fox-, ¿qué puede ponerse en unos zapatos?

– Pies -intervino Estalère.

– Exactamente -dijo Clyde-Fox lanzando una mirada de aprobación al joven cabo-. Y más vale comprobar que son los pies de uno los que están en sus propios zapatos. Radstock, si me da luz con la linterna a lo mejor puedo acabar de una vez con este asunto.

– ¿Qué quiere que le diga?

– Si ve algo dentro.

Mientras Clyde-Fox sostenía en alto sus zapatos, Radstock los inspeccionó metódicamente por dentro. Adamsberg, olvidado, daba vueltas a paso lento alrededor de ellos. Imaginaba al tipo masticando su armario, pedazo a pedazo, durante meses. Se preguntaba si preferiría comerse un armario o un avión, o las fotos de su madre. ¿U otra cosa? Otra cosa que dibujara un nuevo trozo del continente desconocido de la demencia descrito por el superintendente.



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