
– Nada.
– ¿Está seguro?
– Sí.
– Bien -dijo Clyde-Fox volviéndose a calzar-. Es un asunto feo. Haga su trabajo, Radstock, vaya a ver eso. En la entrada. Es un montón de zapatos viejos puestos allí en la acera. Prepare su arma. Habrá unos veinte quizá, es imposible que no los vea.
– No es mi trabajo, Clyde-Fox.
– Por supuesto que sí. Están alineados cuidadosamente, con las puntas hacia el cementerio, como si quisieran entrar allí. Le hablo, naturalmente, de la verja principal.
– El antiguo cementerio está vigilado por las noches. Cerrado a los hombres y a los zapatos de los hombres.
– Pues quieren entrar igualmente, y toda su actitud es muy desagradable. Vaya a verlos, haga su trabajo.
– Clyde-Fox, me importa un pito que sus zapatos viejos quieran entrar allí.
– Hace mal, Radstock. Porque tienen pies dentro.
Hubo un silencio, una onda de choque desagradable. Un leve quejido salió de la garganta de Estalère, Danglard cruzó los brazos. Adamsberg detuvo sus pasos y alzó la cabeza.
– Joder -susurró Danglard.
– ¿Qué dice?
– Dice que unos zapatos viejos quieren entrar en el antiguo cementerio. Dice que Radstock hace mal no queriendo ir a verlos, porque tienen pies dentro.
– Tranquilo, Dánglerd -interrumpió Radstock-. Está borracho. Tranquilo, Clyde-Fox, está usted borracho. Vuelva a su casa.
– Tienen pies dentro, Radstock -repitió el lord con voz pausada para indicar que se mantenía estable en su línea divisoria-. Cercenados a la altura de los tobillos. Y esos pies están tratando de entrar allí.
– Vale, están intentando entrar.
Lord Clyde-Fox se peinó cuidadosamente, señal de su inminente partida. El haber confiado a otro su problema parecía haberlo devuelto a la vida normal.
