– Cuente con zapatos bastante viejos -añadió-, veinte o quince años de edad a lo mejor. Hombres, mujeres.

– Pero ¿y los pies? -preguntó Danglard con discreción-. ¿Están en estado de esqueleto?

– Let down. Está borracho, Dánglerd.

– No -dijo Clyde-Fox guardándose el peine sin hacer caso al superintendente-. Los pies están casi intactos.

– Y tratando de entrar allí -acabó Radstock.

– Precisamente, old man.

3

Radstock refunfuñaba en voz baja y constante, con las manos aferradas al volante, mientras los llevaba a todo gas hacia el antiguo cementerio del suburbio norte de Londres. Tenían que cruzarse con Clyde-Fox. Ese chalado tenía que comprobar que no se le había metido ningún pie en sus zapatos. Y allí estaban ellos, dirigiéndose hacia Highgate porque el lord se había caído de su línea divisoria y había tenido una visión. No habría zapatos delante del cementerio, igual que no había pies en los de Clyde-Fox.

Pero Radstock no quería ir solo. No, y menos a pocos meses de la jubilación. Le había costado convencer al amable Dánglerd de que lo acompañara, como si al comandante le repugnara la expedición. Pero ¿cómo iba a saber el francés algo sobre Highgate? En cambio, ningún problema con Adamsberg, a quien ese rodeo no molestaba en absoluto. El comisario parecía deambular en un estado de duermevela apacible y conciliador, hasta el punto de que cabía preguntarse si su oficio mismo captaba su atención. Por el contrario, los ojos de su joven adjunto, pegados a la ventanilla, se agrandaban sobre Londres. En opinión de Radstock, ese Estalère era casi cretino, y le extrañaba que se hubiera autorizado su presencia en el coloquio.

– ¿Por qué no ha enviado a dos de sus hombres? -preguntó Danglard, que seguía con expresión de disgusto.

– No puedo desplazar a un equipo para una visión de Clyde-Fox, Dánglerd. No deja de ser un hombre que quiso comerse las fotos de su madre. Y no queda más remedio que ir a comprobar, ¿o sí?



12 из 289