Adamsberg pasó el pulgar por la pantalla de su teléfono, borrando así el agobio de su adjunto como quien quita el polvo a un mueble. Danglard estaba poco adaptado a la marcha a pie, a la carrera, aún peor a los viajes. Cruzar la Mancha por el túnel lo atormentaba tanto como pasar por encima en avión. Aun así, no habría cedido su plaza a nadie. El comandante llevaba treinta años anclado en la elegancia del traje británico, en la que contaba para compensar su natural carencia de estilo. Partiendo de esa opción vital, había extendido su gratitud a todo el Reino Unido, convirtiéndose en el arquetipo mismo del francés anglófilo, adepto de la finura de modales, de la delicadeza, del humor discreto. Salvo cuando abandonaba toda moderación, que es lo que constituye la diferencia entre el francés anglófilo y el inglés de verdad. Así, la perspectiva de pasar unos días en Londres le hacía ilusión, con o sin flujo migratorio. Sólo quedaba superar el obstáculo de ese puto túnel que atravesaría por primera vez.


Adamsberg enjuagó el tazón, cogió su maleta preguntándose qué tipo de chaqueta y de corb había elegido para él el comandante Danglard. Su vecino, el viejo Lucio, propinaba fuertes golpes a la puerta acristalada, estremeciéndola con su puño considerable. La Guerra Civil española se le había llevado el brazo izquierdo cuando tenía nueve años, y parecía que el derecho hubiera crecido en consecuencia para concentrar en sí solo la dimensión y la fuerza de ambas manos. Con el rostro pegado a los cristales, llamaba a Adamsberg con la mirada, imperioso.

– Vente -farfulló en tono de mando-, no la saco ni de coña. Necesito tu ayuda.

Adamsberg dejó su maleta fuera, en el jardincillo desordenado que compartía con el viejo español.



2 из 289