Me voy tres días a Londres, Lucio. Te ayudaré cuando vuelva.

– Demasiado tarde -gruñó el viejo.

Y cuando Lucio gruñía así, con sus erres repiqueteantes, producía un ruido tan sordo que Adamsberg tenía la impresión de que el sonido brotaba directamente de la tierra. Adamsberg levantó su maleta, con la mente ya proyectada en la Estación del Norte.

– ¿Qué es lo que no puedes sacar? -dijo con voz distante mientras cerraba la puerta con llave.

– La gata que vive en el trastero. Ya sabías que iba a tener crías, ¿no?

– No sabía que hubiera una gata en el trastero, y además paso.

– Pues ya lo sabes. Y no vas a pasar, hombre. Sólo lleva tres. Uno muerto, los otros dos están todavía atascados, he sentido las cabezas. Yo empujo, masajeando, y tú extirpas. Ojo, no vayas a apretar como un bestia cuando los saques. Un gatito es algo que se te puede desmoronar en la mano como una galleta.


Sombrío y acuciante, Lucio se rascaba el brazo que le faltaba agitando los dedos en el vacío. A menudo había contado que, cuando perdió el brazo con nueve años, tenía una picadura de araña que no se había rascado hasta el final. Y que por esa razón la picadura le seguía escociendo sesenta y nueve años después, por no haber podido acabar el rascado, ocuparse de ello a fondo, concluir el episodio. Explicación neurológica proporcionada por su madre y que para Lucio, a la larga, había acabado constituyendo una filosofía total, que se adaptaba a cualquier situación y cualquier sentimiento. Hay que acabar las cosas, o no empezarlas. Ir hasta los posos, incluso en el amor. Cuando un acto de vida lo ocupaba intensamente, Lucio se rascaba su picadura interrumpida.

– Lucio -dijo Adamsberg más tajante mientras atravesaba el jardincillo-, mi tren sale dentro de una hora y cuarto. Mi adjunto está agonizando de preocupación en la Estación del Norte, y no voy a ayudar a parir a la bicha mientras cien jefes maderos me esperan en Londres. Arréglatelas, y ya me contarás el domingo.



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