
– Y allí -dijo Radstock señalando una avenida perpendicular- tenemos al lord Clyde-Fox. El ejemplo de lo que llaman ustedes el aristócrata excéntrico. A decir verdad, no nos quedan muchos, se reproducen poco. Éste es todavía joven.
Radstock se detuvo para darles tiempo de admirar al personaje, con la satisfacción de quien presenta una pieza excepcional a sus huéspedes. Adamsberg y Danglard lo contemplaron dócilmente. Alto y flaco, lord Clyde-Fox bailaba torpemente sin moverse del sitio, rayando la caída, apoyándose en un pie y luego en el otro. Otro hombre fumaba un puro a diez pasos de él, tambaleante, observando los apuros de su compañero.
– Interesante -dijo Danglard con cortesía.
– Suele andar por estos parajes, pero no todas las noches -dijo Radstock, como si sus colegas se estuvieran beneficiando de un auténtico golpe de suerte-. Nos apreciamos. Cordial, siempre dice alguna cosa amable. Es una referencia en la noche, una luz familiar. A estas horas, vuelve de su paseo, y trata de regresar a su casa.
– ¿Borracho? -preguntó Danglard.
– Nunca del todo. Tiene pundonor por explorar los límites, todos los límites, y afianzarse en ellos. Afirma que, circulando por las líneas divisorias, en equilibrio entre las dos vertientes, tiene garantizado el sufrimiento sin aburrirse nunca. ¿Todo bien, Clyde-Fox?
– ¿Todo bien, Radstock? -contestó el hombre agitando una mano.
– Agradable -comentó el superintendente-. Bueno, tiene sus días. Cuando murió su madre, hace dos años, quiso comerse toda una caja de fotografías de ella. Su hermana intervino bastante salvajemente, y la cosa acabó mal. Ella, una noche de hospital; él, una noche en la comisaría. El lord estaba rabioso por que no le dejaran zamparse esas fotos.
– ¿Comérselas de verdad? -preguntó Estalère.
