Adamsberg habría querido que su colaborador se ahorrara sus traducciones inútiles, pero Danglard disfrutaba de tan pocos placeres, y parecía tan feliz de revolcarse en la lengua inglesa como un jabalí en un barro de calidad, que Adamsberg prefirió no quitarle ni una miga de gozo. Allí el comandante Danglard parecía bienaventurado, casi liviano, enderezando su cuerpo blando, hinchiendo sus hombros caídos, ganando una prestancia que lo volvía casi notable. Acaso estuviera abrigando la esperanza de jubilarse un día con ese nuevo amigo para ir a pescar cosas en el lago de allá arriba.

Radstock aprovechaba la buena voluntad de Danglard para contarle en detalle su vida en el Yard, pero también cantidad de anécdotas «subidas de tono» que consideraba propias para gustar a invitados franceses. Danglard lo había escuchado durante toda la comida sin mostrar hastío, y sin dejar de fijarse en la calidad del vino. Radstock llamaba al comandante «Dánglerd», y los dos maderos se animaban mutuamente, proveyéndose el uno al otro de historias y bebida, dejando a Adamsberg a la zaga. Adamsberg era el único de los cien polis que no conocía ni los rudimentos de la lengua siquiera. Convivía, pues, como marginal, tal como lo había deseado, y pocos se habían enterado de quién era exactamente. Junto a él seguía el joven cabo Estalère, de ojos verdes siempre agrandados por una sorpresa crónica. Adamsberg había querido incluirlo en esa misión. Había dicho que el caso de Estalère se arreglaría y, de tanto en cuando, empleaba energía en conseguirlo.


Con las manos en los bolsillos y elegantemente vestido, Adamsberg disfrutaba plenamente de esa larga caminata mientras Radstock iba de calle en calle para hacerles los honores mostrándoles las singularidades de la vida londinense de noche. Aquí, una mujer que dormía bajo un techo de paraguas cosidos unos con otros, abrazada a un teddy bear de más de un metro. «Un osito de peluche», había traducido Danglard. «Ya lo había entendido», había contestado Adamsberg.



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