– Tengo entendido que no está en buenas condiciones, así que pienso hacerle algunas reparaciones y luego venderla.

– ¿Y por qué no la vendes tal como está? Deja que otro se ocupe de las obras.

– La signora Manfredi nunca me lo permitiría. Es una letrada que vive y trabaja allí. Ya me ha notificado lo que espera de mí a través de un bombardeo de cartas.

– ¿Y piensas hacer lo que esa mujer te dice?

– No es una mujer, es un dragón. Por eso no te avisé de que venía a Roma. Primero quiero echar un vistazo al lugar antes de que ella empiece a escupir fuego por la boca.

– ¿Ésa es la única razón de tu viaje? ¿No hay ninguna mujer que te haya destrozado el corazón? -inquirió Bernardo, con una mirada perspicaz.

– Nunca permito que eso suceda -respondió, tajante.

– Muy prudente por tu parte.

– Aunque debo confesar que me aficioné bastante a una joven, a sabiendas de que estaba enamorada de mi hermano. Fue un error, aunque los errores se pueden corregir.

– ¿Y lo corregiste con tu acostumbrada eficacia? Se te conoce como un hombre que valora el orden, tranquilo e invulnerable. Te envidio. Lo que necesitas ahora es emborracharte con unos buenos amigos que más tarde te traigan al hotel.

– ¡Cielo santo, Bernardo! ¿Cuántas veces me has visto borracho?

– Muy rara vez.

Luke rió a su pesar.

– Uno hombre debe ser responsable de su vida, y eso es lo que importa. Buenas noches.

Luke se marchó a su habitación, repentinamente inquieto. Durante un momento se vio a sí mismo a través de los ojos de su amigo: un hombre que apreciaba el orden y el control de sí mismo sobre todas las cosas. Un hombre frío y duro que daba poco, y tras cuidadosas consideraciones. Esa visión de sí mismo no estaba lejos de la verdad, aunque nunca le había causado problemas.

Luke observó que en su móvil había un mensaje de Hope Rinucci, su madre adoptiva, y la llamó de inmediato.



2 из 121