– Hola, Mamma. Sí, llegué sin novedad.

– ¿No has visto a la signora Manfredi?

– Pero si acabo de llegar. Por lo demás, antes de enfrentarme a ella debo armarme de valor.

– No me digas que le tienes miedo.

– Sí, te juro que estoy temblando.

– Irás al infierno por embustero, y te lo mereces.

Luke se echó a reír. Ella siempre le hacía sentirse bien. En su mente podía verla en la Villa Rinucci, enclavada en lo alto de una colina que miraba a la bahía de Nápoles.

– ¿Estás cansada después de todos los festejos?

– No he tenido tiempo para cansarme. Ahora estoy planeando la fiesta del compromiso de Pietro y Olympia.

– Pensé que había sido anoche.

– No, lo de anoche fue sólo un brindis por ellos al final de la boda de Justin. Seguro que querrán su propia celebración.

– Y si no fuera así, de todos modos la organizarías -observó con afectuosa ironía.

– Bueno, no puedes esperar que pase por alto una fiesta.

– Nunca se me ocurriría.

– Y luego celebraremos la boda.

– Espero ese día con ilusión. Por nada del mundo me perdería la oportunidad de recrearme con la caída de Pietro.

– Luke, encontrarás a la mujer adecuada para ti.

– Tal vez no. Puede que me convierta en un viejo solterón y cascarrabias.

Hope se echó a reír.

– ¿Un chico tan apuesto como tú?

– ¿Chico? Tengo treinta y ocho años.

– Siempre serás un niño para mí. Tu esposa es la próxima en mi lista, así que no lo olvides. Y ahora ve a divertirte.

– Mamma, son las once de la noche.

– ¿Y qué? Una hora perfecta para… lo que quieras.

Luke sonrió. Su madre nunca había sido mojigata, y en gran parte sus hijos la adoraban precisamente por eso. Toni, su marido, era más estricto.

– Necesito tener la cabeza despejada para tratar con la signora Manfredi.



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