– Jamón, queso parmesano y tu pasta favorita -canturreó Netta al tiempo que dejaba las bolsas sobre la mesa-. Revisa la cuenta.

– No es necesario, siempre está correcta -dijo Minnie con una sonrisa-. Siéntate y toma algo. ¿Un café? ¿Un whisky?

– Whisky -respondió Netta con una risita al tiempo que acomodaba su voluminosa figura en una silla.

– Yo tomaré té.

– Todavía eres inglesa. Hace catorce años que vives en Italia y todavía tomas té inglés.

Minnie apartó las bolsas e hizo una pausa al ver un pequeño ramo de flores.

– Pensé que te gustarían -dijo Netta en un tono fingidamente casual.

– Me encantan -respondió Minnie al tiempo que la besaba en la mejilla-. Se las vamos a poner a Gianni.

Luego arregló el ramo en un florero lleno de agua y lo colocó en una estantería, junto a la fotografía de Gianni. Se la habían hecho una semana antes de su muerte y mostraba a un joven con una amplia boca sonriente y ojos de brillante mirada. El pelo rizado, más bien largo, le caía sobre la frente y el cuello, lo que aumentaba su encanto. Junto a aquélla, había una fotografía de la jovencita que había sido Minnie a los dieciocho años. Sus facciones eran suaves, redondeadas, todavía sin definir y con una mirada llena de ilusiones. Aún no conocía las penas y la desesperación.

En la actualidad, su rostro era más fino, de rasgos más marcados, pero todavía abierto al buen humor. Los largos cabellos rubios de la joven de la fotografía se habían transformado en una melena que apenas le rozaba los hombros.

Minnie cambió dos veces la posición de las flores antes de quedar satisfecha.

– Le gustarán. Siempre le han gustado las flores -comentó Netta-. ¿Te acuerdas que siempre te las regalaba? Flores para tu cumpleaños, flores para la boda, flores para vuestro aniversario…



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