
– ¡Bastardi! -exclamó Charlie con violencia.
– Lo mismo pienso yo -dijo Luke al tiempo que echaban a correr hacia el grupo.
Al ver que iban a arremeter contra ellos, los mozalbetes se pararon en seco y Charlie aprovechó la ocasión para arrebatar el perrito al cabecilla. Otros dos intentaron recuperarlo, pero Luke se ocupó de ellos mientras Charlie entregaba el cachorro a su dueño quien, al verlo en sus brazos, echó a correr a toda prisa.
Dos contra cuatro era una batalla desigual, pero Charlie estaba furioso y Luke era fuerte. Así que entre los dos se las ingeniaron para evitar que siguieran al niño. De pronto, se oyó el sonido inconfundible de la sirena de un coche policial, muchos gritos y los seis se vieron rodeados de agentes que los condujeron a la comisaría más cercana.
A juzgar por el modo en que llamaban a la puerta, no podía ser otra persona que Mamma Netta Manfredi. Con una sonrisa, Minnie fue a abrir.
– ¿No es muy tarde? -Netta preguntó de inmediato.
– No, todavía no es mi hora de ir a la cama.
– Trabajas demasiado. Todas las noches te quedas hasta tarde. Te he traído la compra porque sé que no tienes tiempo para hacerla.
Era una ficción que mantenían durante años. Minnie había puesto un lujoso bufete en la Via Veneto y tenía una secretaria que podía hacerle la compra. Sin embargo, la costumbre de confiar en Netta había comenzado a sus dieciocho años, cuando era novia de Gianni Manfredi y esa cálida y sonriente mujer la había abrazado por primera vez.
Entonces estudiaba Derecho y el ritual continuó durante las prácticas y se mantuvo hasta el presente, cuando Minerva ya era una abogada de éxito. Hacía cuatro años que Gianni había fallecido. Sin embargo, Minnie no se mudó a un piso más lujoso ni tampoco se debilitaron sus lazos afectivos con Netta, a quien quería como a una madre.
