A pesar del hecho de que era totalmente incapaz de mirarle a los ojos, él debió de darse cuenta de qué era lo que pensaba, pues la agarró de la muñeca con una mano firme y le quitó el cristal de entre los dedos. Después lo arrojó al suelo y lo hundió en la tierra con el tacón.

– Gracias -dijo ella, con la voz temblorosa.

– Creo que soy yo el que debo darle las gracias a usted -seguía agarrándole la muñeca, transmitiéndole un calor que le derretía los huesos. Durante un rato, la mantuvo prisionera hasta que, de pronto, la soltó, como si se hubiera quemado. Se pasó la mano por el pelo para mantenerla ocupada. Luego, se miró la mano.

– ¿Lo ve? Siempre hago esto. Podría haberme cortado.

Ella se encogió de hombros.

– Es por culpa de ser madre -comenzó a decir ella-. Una no puede evitarlo -tragó saliva y trató de ignorar el peligroso cosquilleo que sentía en aquel lugar en que sus dedos habían tocado su muñeca. No sentía nada precisamente maternal. No, claro que no-. Me he permitido recolectar algunas fresas -dijo ella, sacando el tema antes de que él lo hiciera-. Espero que no le importe.

– Me ha parecido muy precavida al no llenar la cesta. ¿Están ricas?

¿Había estado allí, observándola? Se ruborizó una vez más.

– ¡Mami! -otra desesperada súplica.

– Creo que la capitana del equipo quiere seguir adelante con el juego -le dijo él, ofreciéndole la pelota.

– ¿Cómo? ¡Ah, no! Esa es Rosie. Tiene solo siete años. Clover la pone en la portería, pero no es muy buena -alcanzó el balón y se lo puso bajo el brazo-. Trataré de mantenerlas bajo control, pero cuando han estado en el colegio todo el día…

– No se preocupe. Estaré por aquí un par de días. Si la pelota vuelve a caer, me dan un grito desde el jardín y yo se la lanzo.

– Puede que se arrepienta de haber propuesto eso -se obligó a distanciarse de él y se negó a ceder a la tentación de quedarse mirándolo. Pero él camino a su lado y ella se dirigió hacia el muro.



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