
Pero el jardín no era el verdadero inconveniente. El problema era la casa. La inmobiliaria a la que le había pedido que la tasara había sido muy clara. Necesitaba arreglos importantes para poder venderla al precio que le correspondía, y tener un montón de casas o de naves industriales interrumpiendo la vista no iba a ayudar en absoluto. Quizás debería olvidarse de sus bonitas flores y empezar a plantar un seto de crecimiento rápido que bloqueara las vistas.
– ¡Mamá!
Se olvidó de sus preocupaciones de futuro y se centró en el presente.
– Lo siento, Clover, pero no deberías haber lanzado la pelota al otro lado, eso lo primero.
– No se puede jugar al fútbol sin darle patadas a la pelota -apuntó Clover, con amabilidad, como alguien que no esperaba ser comprendido-. Vamos, Rosie. Mamá nos la conseguirá. Siempre lo hace. Solo que no quiere que la veamos escalar ese muro tan grande y peligroso.
– Clover O'Neill, eso es…
– No es necesario que finjas, mami. Te vi la última vez.
Stacey no tenía reparos en falsear la verdad si era por una buena causa, pero no tenía sentido hacerlo sin sentido, así que no lo negó.
– Se suponía que debías haber estado en la cama -se limitó a decir.
– Te vi desde la ventana del baño -respondió Clover-. Vas a ir a por ella, ¿verdad?
Puesto que ya la habían pillado, no tenía mucho sentido esperar a que las niñas estuvieran en la cama.
– De acuerdo. Pero hablo en serio cuando te digo que no quiero que lo hagas tú. ¿Me lo prometes?
– Te lo prometo -dijo Clover poniéndose la mano sobre el corazón, tal y como solía hacer Mike cuando le prometía que arreglaría algo al día siguiente. Tal y como solía hacer cuando le aseguraba que tendría cuidado al montar en su moto.
