
Stacey tragó saliva.
– De acuerdo -soltó las flores y se aproximó al muro. Saltó y se agarró al borde, hasta alzarse sobre los ladrillos inestables y sentarse en la parte más alta.
El abandonado jardín central había sido, tiempo atrás, la cocina exterior de una gran casa que, desde hacía mucho tiempo se había convertido en el cuartel general de una multinacional.
Desde arriba se podían ver el muro sur y los árboles de melocotones. Había un par de invernaderos que habían perdido una gran parte de los cristales por causa del mal tiempo. Había ido muchas veces a por semillas, porque Archie le había dicho que podía tomar cuantas quisiera.
Pero el lugar tenía un aspecto triste, se había convertido en algo salvaje a toda velocidad y se había empezado a llenar de malas hierbas que crecían por todas partes.
Miró a las niñas.
– Quedaos ahí y no os mováis -les dijo, y saltó al otro lado, pisando un montón de margaritas y ranúnculos, y se puso a buscar la pelota.
Era grande y roja y sería fácil encontrarla. El problema era que se cualquier cosa la distraía. Primero fueron un montón de amapolas con pétalos de terciopelo escarlata. Fantástico. Volvería a por semillas a finales del verano. Si es que todavía estaba allí para entonces. Quizás ya habría vendido la casa para entonces, o quizá no.
Cualquiera de las dos cosas le resultaba igual de deprimente.
Se detuvo a mirar una enorme peonía. No es que le encantara esa flor, pero le dolía pensar que pudiera ser arrollada por una apisonadora. En cualquier caso, si la trasladaba tampoco sobreviviría. A las peonías no les gustaba que las cambiaran de sitio. Tampoco ella quería cambiarse de sitio. Estaba a gusto donde estaba, había echado raíces allí. Pero, como las peonías, no tenía más remedio.
Al menos en su caso el cambio no tendría consecuencias fatales. Solo sería doloroso. Y era el final de su sueño de poner una clínica para plantas.
