
– No… -empezó a decir Trevor- Sí. Pero…
Pero Jackson ya no estaba escuchándolo.
– Señorita Farr, apreciaría mucho si me acompañara a ver la propiedad. Señor Farr, si su empleada llevara a cabo una venta como esa, estoy seguro de que podría contratarla de nuevo.
Trevor dudó un instante. No era completamente estúpido. Una vez más, veía como una importante comisión se le iba de las manos.
– Puede que no. Acabo de acordarme de que puedo acompañarlo, después de todo.
– No quiero molestarlo -dijo Jackson con una gélida mirada. Se volvió hacia su abogado-. Ni al señor Francis. Si el terreno de Copeland es la granja que estoy pensando, entonces, las ranas serán lo menos tentador para el despiadado zapato del señor Francis. Así que, creo que la señorita Farr y yo prescindiremos del intermediario. Señorita Fan, ¿podría acompañarme a la propiedad de Copeland el fin de semana?
Molly respiró hondo. Miró a su alrededor… a Trevor… al abogado… y a la pequeña rana que Jackson Baird tenía en la mano.
La mirada de Jackson era amable, y ella no tenía elección. Aunque su primo fuera una persona detestable, ella necesitaba ese trabajo, y Jackson le estaba ofreciendo una manera de mantenerlo.
– Será un placer -dijo Molly. E instantes después no podía creer lo que había hecho.
Estaba claro quién estaba al mando. Trevor estaba fuera de lugar. Jackson había decidido organizarlo todo, y era evidente que no le habían nombrado «Mejor Hombre de Negocios de Australia» por nada. Aquel hombre emanaba poder.
– Nos encontraremos mañana a las nueve en el aeropuerto Mascot -le dijo a Molly.
– Um… ¿iremos en avión?
