– Alquilaré un helicóptero. ¿Podrá tener el Artículo Treinta y Dos preparado?

«Sería un milagro que el abogado de la agencia lograra preparar la escritura esa misma noche», pensó Molly, pero Jackson Baird esperaba que actuaran como profesionales.

– Por supuesto -contestó ella.

– ¿La casa está preparada para alojarse allí?

– Creo que todavía hay algunos empleados -Trevor luchaba por recuperar el mando de la situación-. La señora Copeland dijo que lo recibirían, pero yo…

Jackson no estaba de humor para oír sus objeciones.

– Entonces, perfecto.

– No me gusta que vaya Molly -dijo Trevor de pronto, y Jackson arqueó las cejas.

– ¿No es una mujer competente?

– Es extremadamente competente -dijo Angela mirándolo a los ojos, y el millonario la miró con aprobación.

– Quizá le preocupe lo adecuado de la situación -Jackson sonrió-. Debí haber pensado en ello. Señorita Farr, si le preocupa acompañarme a una granja desconocida durante todo un fin de semana, le sugiero que se traiga un acompañante. Pero no un chaperón. Ni un primo. Una tía, ¿quizás? Sobre todo si también le gustan las ranas.

«Se está riendo de mí», pensó Molly, pero estaba demasiado desconcertada como para reaccionar, Un acompañante. ¿Y dónde diablos iba a encontrar un acompañante?

– Eso es todo, entonces. En el aeropuerto Mascot, mañana a las nueve, con o sin acompañante -dijo Jackson. Los ojos le brillaban con malicia-. ¿Será suficiente para que deje de pensar en su mano herida y en la rana?

Molly pensó que él creía que bastaba que le ofrecieran algo así para que ella dejara de pensar en todo lo demás. Quizá en otro momento, habría sido así, pero estaba Lionel. Sam había confiado en ella para que cuidara a su rana. ¿Cómo iba a explicarle lo que había sucedido?

– De acuerdo -dijo ella sin emoción.

– ¿Todavía está preocupada por la rana?

– Por supuesto.

– Sabe, las ranas se mueren.



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