
– No se morirá. Lo dijo el señor Baird.
– Supongo que, de todos modos, las ranas no viven mucho tiempo.
– Supongo que no -admitió, y colocó la mano sobre el brazo de Sam. Corno siempre, él lo retiró. Era un niño muy arisco. Como si el hecho de perder a sus padres le hubiera hecho perder la confianza en todo lo demás. «,Y por qué va a confiar en mí?», pensó Molly con amargura. «Ni siquiera soy capaz de mantener una rana a salvo»-. Nos han invitado a pasar el fin de semana en una granja -le dijo MoIly-. Nos llevaremos a Lionel. Será una granja de recuperación.
– ¿Una granja?
– Sí.
– No me gustan las granjas.
– ¿Has estado alguna vez en una?
– No.
– Entonces…
– No me gustan. Quiero quedarme aquí.
– Sam, el señor Baird nos ha invitado a los dos.
– Él no quiere que yo vaya.
– Estoy segura de que sí.
– No quiero ir.
– Vas a ir -dijo Molly con decisión-. Iremos los dos y lo pasaremos muy bien.
¿Podría disfrutar de un fin de semana con Jackson Baird?
Una parte peligrosa de su mente le decía que podía disfrutarlo muchísimo.
– ¿Cara?
– Jackson, qué alegría -Cara estaba al otro lado del Atlántico, pero su alegría era evidente-. ¿A que se debe este placer?
– Creo que he encontrado una propiedad que podría encajar con lo que buscamos.
– ¿De veras?
– De veras. En el pasado la utilizaron como criadero de caballos. Está en un lugar magnífico y suena estupendamente. ¿Quieres tomar un avión y venir a verla?
Se hizo un silencio.
– Cariño, estoy muy ocupada -¿Y cuándo no lo estás?», pensó Jackson sonriendo.
– ¿Quieres decir que lo dejas en mis manos?
– Eso es.
– ¿Y si la compro y no te gusta?
– Entonces, tendrás que comprarme otra.
– Ya, claro. ¿Cara…?
– Cariño, de verdad no puedo ir. Hay algo… Bueno, sucede algo que está absorbiendo toda mi atención, y no me atrevo a contarlo por si se evapora de repente. Pero confío en ti.
