– Desde luego que Angela no es la adecuada -dijo Molly, y le guiñó un ojo a su amiga.

– ¿Tienes a alguien en mente?

– Así es.

Trevor la miró, sorprendido por su falta de comunicación.

– Entonces, supongo que estarás bien.

– Supongo que sí.

– ¿No te duele mucho la mano como para seguir trabajando? Será mejor que empieces si es que quieres tener preparado el Artículo Treinta y dos.

– Lo haré ahora mismo -dobló los dedos y puso una mueca de dolor, pero Trevor era la única persona allí que podría ayudarla con esos papeles, y la ayuda de Trevor era lo último que deseaba-. De acuerdo -dijo ella-. Vamos a venderle una granja al señor Baird.

Capítulo 2

Menos mal que Lionel no había muerto.

Sam se comportó de manera estoica, tal y como Molly esperaba. Llevaba seis meses comportándose de esa manera. Había escuchado las malas noticias con entereza, y cuando Molly intentó abrazarlo, él se retiró. Como siempre.

– No debí quedármela, en primer lugar -dijo el niño. No. Pero en el apartamento en el que vivían no permitían tener mascotas, así que Sam no tenía nada. Habían encontrado la rana mientras cruzaban una bulliciosa calle de Sydney. Estaba lloviendo y había mucho tráfico, y Lionel estaba quieta en mitad de la calzada. Era una rana suicida, y cuando Sam la recogió y se la guardó en el bolsillo, Molly no protestó. De otra manera, la rana habría muerto.

«Espero que no se muera ahora», pensó Molly al ver el entramado de pequeños estanques que Sam había construido en el suelo del baño.

– Tendré que limpiar todo esto cuando se muera -el niño metió las manos en el bolsillo y pegó la barbilla contra su pecho. Molly sabía que tenía ganas de llorar Esperarían un rato y, al final, sería Molly la única que lloraría.



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