
Y esa mañana había entrado en su oficina y todo el mundo se había quedado de piedra. Molly acababa de regresar de inspeccionar la propiedad de Sophia, e incluso esa mujer locuaz se había callado al ver entrar a Jackson y a su abogado.
– Ese es Jackson Baird -había dicho Sophia al verlo-. Nunca lo había visto en persona. ¿Es cliente vuestro? -la mujer mayor había quedado claramente sorprendida.
«Si fuera cliente ayudaría mucho al negocio», pensó Molly, y se preguntó cuál de sus propiedades podría interesar a Jackson.
– Jackson hizo que me olvidara de la rana -admitió Angela-. Hay que reconocer que es muy atractivo.
– Claro que es muy atractivo -contestó Molly-. Pero, ¿dónde está mi rana?
– Debe de estar por aquí, en algún sitio -Angela se arrodilló junto a Molly bajo el escritorio. Ambas rondaban los treinta años y eran muy atractivas. Pero ahí terminaba su parecido. Angela se enfrentaba al mundo como si fuera a recibir algo positivo, mientras que Molly sabía que no sería así-. ¿Dónde se habrá metido?
– la agencia inmobiliaria de Trevor Farr era una empresa pequeña y, su dueño, el primo de Molly, era un hombre atolondrado. El lugar estaba abarrotado de archivadores. Y entre ellos, se había escondido una rana verde.
– Sam me matará -se quejó Molly.
– La encontraremos.
– No debí traerla al trabajo.
– No tenías más remedio -contestó Angela.
No. No tenía más remedio. Aquella mañana, Molly y Sam viajaban en el mismo tren… su sobrino de ocho años, se dirigía a Cove Park Elementary y Molly a Bay sid Property. Estaban a punto de terminar el viaje cuando Molly se dio cuenta de que algo se movía en la mochila de Sam, y se quedó horrorizada.
– No puedes llevarte a Lionel al colegio.
– Sí puedo -había dicho Sam en tono desafiante-. Me echaría de menos si la dejo en casa.
– Pero los otros niños… -suspiró Molly. Conocía muy bien la estructura social del colegio, ya que la semana anterior había ido a hablar con el director.
