
– A Sam lo están intimidando -le había dicho Molly.
– Hacemos lo que podemos -había contestado él-. La mayor parte de los niños, en la situación de Sam, agacharían la cabeza y evitarían meterse en problemas.
Pero, aunque Sam es mucho más pequeño que la mayor parte de los niños de tercer grado, es valiente y se en frenta con los más grandes. Me da miedo que alguno se comporte de forma agresiva. Pero, por supuesto, veremos qué podemos hacer.
Molly comprendió que no era mucho lo que podían hacer en cuanto vio que Sam regresaba del colegio, una vez más, lleno de moraduras. Si llevaba la rana a clase, los otros chicos intentarían quitársela, ¿y quién sabía qué pasaría después?
– Es demasiado tarde como para llevarla a casa -le dijo Sam a Molly, con la expresión de ir a comerse el mundo que ella conocía tan bien.
Y como era demasiado tarde, Molly se llevó la rana al trabajo.
Molly no llevaba mucho tiempo en ese puesto. Al principio, su primo no quería contratarla. Ese día, tenía una cita con Sophia a las diez, y no podía llegar tarde.
Así que había ido con la caja donde estaba la rana bajo el brazo y ese había sido el resultado.
– Sam no me perdonará jamás -las dos chicas estaba debajo del escritorio ignorando al resto de personas que había en la habitación.
– ¿Perdón? -la voz de Sophia dejaba claro que no le hacía ninguna gracia-. ¿Es cierto que están buscando una rana?
– Es la rana de Sam -dijo Molly medio sollozando, y comenzó a separar un archivador de la pared-. Ayúdenos.
– Me niego a esperar por una rana. Y en cuanto a lo de ayudarlas…
Angela se puso en pie y colocó las manos sobre sus caderas. Molly estaba moviendo los muebles como si su vida dependiera de ello. Durante las semanas que habían trabajado juntas, se habían hecho buenas amigas.
– ¿Sabe quién es Sam? -le preguntó.
