– Buenos días -dijo ella sin dejar de sonreír. Él intentó ignorar su sonrisa y hablar con normalidad, en tono de negocios.

– Buenos días -contestó.

Molly también se había fijado en él. El día anterior Jackson vestía un traje de chaqueta que hacía que pareciera un hombre de mundo, atractivo, pero inalcanzable para Molly. Ese día, iba con unos pantalones de lino y con una camisa de manga corta que dejaba al descubierto su cuello y sus brazos desnudos. Parecía…

Bueno, puede que él tuviera problemas para concentrarse en el negocio, ¡pero a ella tampoco le resultaba nada fácil!

Al menos, Molly podía concentrarse en Sam.

– Señor Baird, este es mi sobrino, Sam. Sam, te presento al señor Baird.

«Así que no es madre soltera», pensó Jackson.

Pero, ¿por qué se ha traído al niño?» Ninguna mujer con la que había quedado antes había hecho algo parecido. «Pero esto es un asunto de negocios, ¡no una cita!», se recordó.

– Sam ha traído a Lionel con nosotros -Molly señaló la caja que Sam llevaba bajo el brazo-. Espero que no le importe, pensamos que una granja de recuperación era justo lo que Lionel necesitaba.

– Claro -dijo Jackson, y le tendió la mano a Sam. Estaban situados en la pista de aterrizaje para helicópteros y en cualquier momento el aparato se pondría en marcha y ahogaría la conversación-. Encantado de conocerte, Sam.

Sam lo miró fijamente mientras se estrechaban las manos.

– ¿Eres el hombre que aplastó a mi rana?

– Ya te he dicho que no fue él -dijo Molly-. El señor Baird fue quien curó a Lionel.

– Molly dice que es posible que muera de todos modos.

– Yo no he dicho eso -suspiró Molly-. Solo he dicho que las ranas no viven mucho tiempo -miró a Jackson con desesperación.



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