– Deje de ponerme en entredicho y lea -le ordenó ella, y él obedeció. Pero cada vez estaba más pendiente de Sam y de Molly. Parecían una mujer y un niño enfrentándose al mundo, y su presencia lo afectaba como hacía mucho que no lo afectaba nada.

«Solo es una relación de negocios», se recordó, «y Sam no tiene nada que ver conmigo».

La granja de Copeland era un lugar maravilloso. El piloto sobrevoló una amplia extensión de tierra. La finca comenzaba en una zona estrecha y se expandía en una vasta lengua de tierra que llegaba hasta el mar.

– Toda la lengua de tierra pertenece a la granja -le dijo Molly, y él sonrió y le mostró el mapa que ella le había dado.

Pero ni los mapas ni las fotos hacían justicia al lugar. El mar rodeaba la tierra con su agua azulada. La playa era de arena dorada, y las colinas y las praderas, con los animales pastando plácidamente, parecían lugares exuberantes y maravillosos.

Desde el helicóptero se veían torrentes de agua que bajaban hasta el mar entre los árboles. También había cascadas y pequeños islotes. Cuando descendieron hacia tierra, vieron cómo un grupo de canguros saltaba para ponerse a cubierto, y Jackson pensó, «esto es el paraíso».

Aunque fuera un lugar paradisíaco, no podía olvidar que era un negocio. Era el futuro para Cara y para él. No podía tomar decisiones con el corazón, debía tomarlas con la cabeza.

– Parece que está bien conservado -dijo él, pero su comentario le pareció ridículo. Miró a Molly y a Sam y se percató de que ambos lo miraban asombrados.

– ¿No has visto esa cascada? -preguntó Sam-. ¿Es maravillosa? ¿No crees que es maravillosa?

– Maravillosa -admitió él, y Molly sonrió.

– Con Sam aquí, no tengo que hacer de vendedora -miró cómo la hélice del helicóptero se detenía-. Es más, creo que no tengo que hacer de vendedora en ningún caso. Si tiene el dinero, este lugar se venderá solo -dijo bromeando-, Y si no tiene el dinero, puedo proponerle un plan de financiación muy interesante.



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