
Molly respiró hondo. Se puso en cuclillas, se recolocó la falda y miró a Jackson con incredulidad.
– Está bromeando.
El la miró…, y se fijó bien en ella.
«Es extraordinaria», pensó Jackson. Tenía la piel pálida, casi translúcida, una melena negra y rizada que enmarcaba su rostro y unos grandes ojos marrones…
«Concéntrate en la rana, Baird!», se recordó.
– En serio -le dijo a Molly-. Podemos ponerle un vendaje.
– ¡Qué bueno! -Angela intervino desde detrás-. Podemos ponerle unas muletas.
– Cállate, Angela -Molly la fulminó con la mirada mientras se ponía en pie, y apenas notó que Jackson la ayudaba a estabilizarse-. ¿Qué estaba diciendo, señor Baird?
– Estoy seguro de que podemos curarla. Tenemos que entablillarla -dijo Jackson.
– ¡Muletas! -exclamó Angela entre risas-. No me contentaré con menos -entonces, dejó de reírse-. Molly, estás manchando la moqueta de sangre.
– No es nada -Molly escondió el puño entre su falda, pero Jackson le agarró la mano para mirársela. Tenía la piel levantada en los nudillos y estaba sangrando bastante.
– Maldito seas, Roger.
– Iba a pisar a la rana. No esperaba que esa estúpida chica…
– Hay que curarte.
– No hace falta -Molly retiró la mano y la escondió detrás de la espalda-. Es solo un rasguño. Si Lionel puede curarse…
– ¿Lionel?
– Mi rana -dijo ella, y él asintió.
– Claro, Lionel. Ya veo. Sí, podemos curarla.
Molly miró a Jackson como si él intentara engañarla.
– ¿Cómo lo sabes?
– Cuando era niño, teníamos un embalse en nuestro terreno -le dijo, y se fijó en la tensión que había en su mirada-. Pasaba las vacaciones criando renacuajos -y evitando a sus padres-. Cualquier cosa que quieras saber sobre las ranas, pregúntamela a mí.
– ¿Se curará?
– Se curará.
Molly respiró hondo y se relajo una pizca.
