¿Qué diablos iba a decirle a Sam?

– Molly, márchate -dijo Trevor con desesperación.

– Quieres decir que mi rana está a punto de morir y que además estoy despedida? -preguntó enfadada. ¿Cómo se las arreglaría entonces?

– Si vas a disgustar al señor Baird…

– Se merece que la despidan -dijo el abogado, y Sophia lo amenazó otra vez con el bolso.

– Un momento -dijo Jackson Baird alzando la mano. Su voz era suave, pero tenía la capacidad de hacer que todo el mundo se detuviera. Era la voz de alguien nacido para mandar. Se levantó de la silla y se arrodilló junto a Molly. Su presencia se apoderó de la habitación.

– ¿Qué es…, una rana de San Antonio? -le preguntó a Molly. Ella se secó las lágrimas con el dorso de la mano que tenía libre y asintió.

– Sí.

– ¿Y el señor Francis, mi abogado, la ha herido?

– No me gustan los insectos -murmuró Roger.

– No es un insecto -protestó Molly, y Jackson intervino.

– Me parece muy duro que la señorita Farr se haga daño en la mano, vea cómo hieren a su mascota y pierda el trabajo, todo en el mismo día.

Con cuidado, abrió la mano de Molly y le quitó la rana. Después, se puso en pie con decisión, y con una pequeña rana de San Antonio entre sus manos.

Un mechón de pelo negro cayó sobre sus ojos y lo retiró con un dedo. Necesitaba un corte de pelo. O quizá no. No había muchas mujeres que se quejaran del aspecto de Jackson Baird.

Y tenía un aspecto fantástico. La ranita lo miraba con incomprensión mientras él la examinaba con delicadeza.

Trevor miró a la rana con aprensión.

– Esto es ridículo… Démela, señor Baird, y encontraré un cubo donde meterla.

Pero Jackson solo estaba centrado en la rana.

– Sabes, parece que solo tiene una rotura limpia. No parece que se haya hecho nada más. Creo que esto podremos curárselo.



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