
A los diez minutos de estar en la fiesta, ya estaba aburrida y se quería ir, pero conoció entonces a cierto hombre alto, guapo y que la hizo reír al pedirle ayuda para darle esquinazo a la hija pequeña de los anfitriones, que lo perseguía con intenciones amorosas.
– Cuando venga, yo me meto debajo de la mesa y usted le dice que no me ha visto, ¿de acuerdo? – le había pedido Murat mirándola con sus maravillosos ojos negros.
En aquel momento, Daphne había sentido que el corazón le daba un vuelco, se había ruborizado y había pensado que estaría dispuesta a seguir a aquel hombre al fin del mundo.
Después de aquello, pasó toda la noche con ella, acompañándola a cenar y bailando bajo las estrellas. Hablaron de libros y de películas, de fantasías de la infancia y de sueños de adultos y, cuando Murat la acompañó al hotel y la besó, Daphne se dio cuenta de que corría peligro de enamorarse de él.
Murat no le dijo quién era hasta la tercera cita. Al principio, Daphne se había puesto nerviosa porque nunca había conocido a un príncipe, pero pronto se tranquilizó y vio que para algo servía haber sido educada para convertirse en la mujer de un presidente.
– Ven conmigo -le había pedido Murat cuando llegó el momento de volver a Bahania-. Ven a conocer mi país, conoce a mi pueblo y deja que mi gente descubra lo maravillosa que eres.
Daphne comprendía ahora que aquello no había sido una declaración de amor, pero con veinte años le había parecido más que suficiente, así que había abandonado el viaje y se había ido a Bahania, donde se había enamorado de Murat y de su mundo.
Daphne terminó de maquillarse, se quitó los rulos, se ahuecó el pelo con los dedos, se puso el vestido de seda que le llegaba justo por encima de la rodilla y se preguntó qué pensaría Murat al verla.
¿Qué diferencias encontraría entre la mujer en la que se había convertido y la niña que lo había amado hasta la locura?
