
– A mí nunca se me han dado bien esas cosas. Además, no me interesa estar en segundo plano. Yo quiero estar en el mismo escenario, ser una igual con mi pareja.
– Eso no podrá ser. Yo seré el rey de Bahania, con todas las ventajas y desventajas del puesto.
¿Desventajas? Daphne nunca había pensado que ser rey tuviera desventajas.
– ¿Qué tiene de malo ser rey?
– No es que tenga nada malo, pero tienes muchas limitaciones y normas que cumplir además de un montón de responsabilidades.
– Por ejemplo, estar siempre de cara al público y hacer siempre lo correcto.
– Exacto.
– Casarte con una adolescente a la que ni siquiera conoces no es lo correcto, ¿verdad?
– Mira que eres insistente.
– Y testaruda -le recordó Daphne-. Quiero mucho a mi sobrina y estoy dispuesta a hacer lo que sea por ella.
– ¿Incluso disgustarme?
– Por lo visto, sí -contestó Daphne encogiéndose de hombros -. ¿Me vas a cortar la cabeza por ello?
– Sabes que no, pero voy a tener que hacer algo para que te convenzas de mi poder.
– Tengo muy claro que tienes mucho poder, pero yo creo que deberías utilizarlo para bien – dijo Daphne inclinándose hacia él-. Venga, Murat, ahora estamos solos. Dime la verdad. ¿En serio te querías casar con una jovencita a la que ni siquiera conoces?
– ¿No se te ha ocurrido pensar que, tal vez, quisiera a mi lado a una jovencita descerebrada que siempre me obedeciera?
Daphne dio un respingo.
– Brittany no es una descerebrada y te aseguro que jamás hubiera obedecido tus órdenes. Estás intentando molestarme, ¿verdad?
– ¿Lo estoy consiguiendo?
– Más o menos -contestó Daphne arrellanándose en la silla-. No quiero que te cases con Brittany.
– No puedes impedírmelo.
– Te equivocas. Haré todo lo que esté en mi mano para impedírtelo.
